Una mañana de mi reino salía, algo importante me traía. Atrás dejaba a mi querido Endorin. Galopé con mi corcel, acompañada de mis guardias. ¿Qué me deparaba este viaje a Camelot? Eso quise saber yo…algo se debía traer entre manos mi padre. Endorin el reino más poderoso del oeste de Britania, su cielo estaba gris aún. Debíamos llegar lo más pronto posible, en unas horas divisamos a lo lejos el castillo, con sus altas torres y banderas ondeando al viento. Cruzamos la fortaleza a paso ligero...a las puertas del castillo unos guardias nos esperaban para dar audiencia al rey. Así, cruzamos la nave hasta llegar a un gran portón de madera, el cual se abrió a nuestra llegada. Me dirigí con paso firme al trono del rey.
- ¡Corin, qué alegría verla! Su padre me informó de que vendría. Espero que vuestra estancia en Camelot sea de vuestro agrado.
- Así lo espero, Sir- dije haciendo una reverencia.
Una mujer me acompañó hasta mi habitación, no tuve mucho tiempo, ni ganas, para mirarla detalladamente, me encontraba débil por el viaje, así que caía rendida en la cama.
A la mañana siguiente, la luz del sol me despertó. Me puse lo primero que vi y me dirigí al poblado. Los campesinos hacían sus quehaceres en el comercio, me resulto entretenido. Le compré una manzana a una anciana que andaba por allí pidiendo. Pasé por las callejuelas para admirar sus balcones, cuando me giré a la izquierda y vi a un muchacho de espaldas, algo sospechoso. Simplemente me acerqué intentando no hacer ruido. Vi como el agua que había en un cubo se convertía en una sustancia negra y espesa, supe que era obra de la magia. El muchacho debió percibir mi presencia o algo por el estilo, porque se giró sobresaltado dándome a mí el mismo susto, ruidosamente todo el líquido callo al suelo.
- ¿Que ha visto?- preguntó confundido. Miré a mi alrededor sin saber qué hacer o qué decir.
- Nada, no he visto absolutamente nada - y salí de aquel callejón lo más rápido que me dejaba aquel vestido.
Intenté calmarme, no es que tuviese miedo de la magia, solo que no sabía qué estaba haciendo aquel personaje. Así, me recompuse y seguí mi camino.
A unos cuantos metros, vi como unos soldados armados lanzaban unos cuchillos a un pobre sirviente que les sostenía la diana, me acerqué mejor para ver aquel bochornoso espectáculo. Tras unos minutos no pude soportarlo así que me dirigí al que imaginé que sería el cabecilla.
- ¡No crees que ya es suficiente!
- ¿Perdona?- me repondió, con una mueva de incredulidad.
- ¿Quién se ha creído que sois vos, para tratar a una persona como una cosa?-Pregunté, el joven con el que hablaba no salía de su asombro.
- ¿ Qué derecho teneís para hablarme así?...mira, haré lo que me venga en gana- Dijo, y yo me reí por lo idiota que él parecía.
- Tenga cuidado, en mi reino ya sería ahorcado por mucho menos- Dije dandome la vuelta, para volver al castillo. Mientras de fondo le oía decir cosas a sus camaradas. ¡Qué hombre más desagradable!
Por la tarde me reuní a comer con el rey Uther, nos pusieron una gran bandeja de lo que se comía por aquellas tierras. Al rato se abrieron las puertas.
- ¡Oh! Corin, os presento a mi hijo, Arturo.- Me dí la vuelta para ver de quién se trataba. Me quedé patidifusa, era aquel joven impertinente de hacía unas horas. Al verme, no pudo si no, sorprenderse, y yo atragantarme y volver a mi plato intentando mantener la compostura.
Se sentó cerca de su padre para comer.
- Bienvenida a Camelot- dijo sin dejar de mirar al plato y apretando la mandíbula.
- Un gusto- dije, cogiendo la copa de vino.
En el resto de la comida, no dije una palabra más. Al terminar me fui a la torre más alta que encontré con mi cuaderno de bocetos. Me senté en el borde de una ventana y empezé a dibujar el castillo a grandes rasgos, simplemente por gusto. Cuando oí que alguien a mis espaldas.
- ¿Qué estáis haciendo, algo así como una estrategia para atacarnos?- Me giré, evidentemente era Arturo, con una mueca de desprecio.
- ¿Y a vos qué demonios le importa lo que haga o deje de hacer?- Y me levanté empujándole, para bajar las escaleras. No le soportaba, su presencia me irritaba. Volví a mi cuarto para darme un baño, lo necesitaba. Cuando salí de mi habitación me encontré al muchacho que vi practicando magia en la calle. Fue corriendo hacia mí compungido.
- My lady, sé lo que vio, no se lo diga a nadie, por favor- dijo, enlazando sus manos. Le miré atentamente, era un chico alto, moreno, con unos grandes ojos azules, con rasgos escandinavos. La magia era su marca de identidad, ahora lo entendía, no le vi maldad.
- No se preocupe, no diré nada, lo juro.
- Muchisimas gracias, lady. Vos sabeís que hacen a los hechiceros...- su voz se iba apagando, hasta convertirse en un susurro.
- ¿ Cómo se llama? dígame.
- Me llamo Merlin- dijo, mientras hacía una inclinación de cabeza, para más tarde irse por el pasillo.
Me quedé pensando unos momentos, "así que este tal Merlin trabaja en el castillo...y la gente no sabe su secreto..."
Fui al establo para ver como se encontraba mi caballo negro. Al lado, en un poyete vi unas espadas, me acerqué para verlas mejor, pensando que yo estaba entrenada en el arte de las armas. Mi padre lo quiso así, por si alguna vez debía defenderme. Acaricié con mis dedos las espadas. De repente en un fuerte golpe se abrían las puertas del establo.
- ¿Qué hacéis aquí?...¿Qué tramáis?- Preguntó, la voz inconfundible, la cual me estaba atormentando el viaje.
- ¿Qué demonios queréis? ¡Marchaos! ¡dajadme en paz!- dije, intentando controlar mi ira, pero era ya tarde, imposible.- Sois un imbécil.
Cogí una espada y me dirigí hacia él con todas mis fuerzas. Él sorprendido sacó su espada y me retuvo el golpe.
- ¡Parad, os haréis daño!-dijo, enfureciéndome aún más.
Le dí golpe tras golpe, dejamos el establo pata por hombro. En un momento, perdí el equilibrio y me acorralo en la pared, espada contra espada. Creía arder de la ira - ¿Cómo te atreves?- Le empujé y salí del establo indignada.

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada