Vi a un chico apuesto con un largo abrigo negro. De sus cabellos oscuros le caía la lluvia. Por un momento no supe si lo que estaba viendo era real. No sé cuantos segundos pasaron; cogí la mano y me levanté rápidamente, perdiendo el equilibrio, pero no se noto (bendita mi suerte).-Lo siento mucho señorita…no era mi intención. Dijo el muchacho.
-¿Cómo?-dije aturdida. Cuando el chico miró hacía atrás y pude ver el coche que me había empapado. Sonreía sarcásticamente.- No se preocupe, esto no empeora las cosas, déjelo.-dije, alejándome de aquel ángel.
Algo me agarró del brazo y me giré para ver qué era…era él.
-No puedo dejar que se vaya así, no estaría bien por mi parte. Además no estaría en paz conmigo mismo.
Sus palabras fueron irrefutables. Me dirigí a su coche negro. Me abrió la puerta trasera con mucha amabilidad. Era una belleza de coche, brillaba bastante.
El chico se sentó a mi lado. La ventanilla del conductor bajó.
-Perdóneme señorita, no vi aquel charco-dijo el conductor.
Moví la mano como quitándole importancia al tema. Volvió a cerrar la ventanilla.
-No nos pasan estas cosas a menudo.-dijo tímidamente el chico. Me quité las gafas para verle mejor. Unos ojos negros me atravesaron con una intensidad…hasta creía que me temblaban las rodillas de la impresión. Se sacudió ligeramente el pelo, “guau, impresionante, que estilo, que todo.” pensé. Volví a mí, cuando sentí mis medias empapadas.
-¡OH! No importa. Un gesto muy amable por su parte pero, no tendría que haberse molestado.-dije, intentando crear una sonrisa lo más creíble posible.
-¿Dónde quiere que la dejemos?-dijo cogiendo un teléfono que comunicaba con el conductor del coche. Le dije las señas de mi hotel. Entonces nos pusimos en marcha.
Miré por el cristal a la calle. No podía imaginarme lo horrible que podría estar. Me reí en mi interior, de lo absurda que era la situación.
-Esto…me llamo Ben, creo que debí haber empezado por ahí-dijo. Me giré al momento. Me sonreía “¡que cosa más tierna!”.
-Me…me llamo Audrey, encantada-dije retorciendo las manos…para ¿secármelas?
Ben debió notar lo que intentaba, sacó un pañuelo blanco del bolsillo de su chaqueta, me miró el rostro y acercó el pañuelo con cuidado a mi mejilla, luego lo dirigió a mi mandíbula. Me quedé muerta. Cogí el pañuelo rápidamente, con tal movimiento rocé su calida mano.
-Lo siento-dijo anonadado, incorporándose de nuevo en su asiento. Miré el pañuelo estaba lleno de barro… ¡dios!... estaba totalmente pringada y sí era una pringada. Creo que me puse roja.
Pasamos por la famosa noria (London Eye). Me la señaló, me contó cosas interesantes acerca de ella. Le escuché con atención. La verdad era que aparte de ser un chico guapísimo y agradable, era inteligente y eso me gustó. Me di cuenta de que estábamos cerca de mi hotel. No sabía por qué algo dentro de mí se estremeció, por el hecho de alejarme de aquel chico. Me giré para ver su rostro…o más bien su perfil, él miraba por su ventana, con su mano en el mentón, era una escena de lo más nostálgica (que perfecto). En eso momento habría querido tener un cuaderno o lo que fuera para dibujarle. Creo que se dio cuenta de que le miraba y se volvió sonriendo con dulzura. Yo me reí, ¡no sabía que hacer!

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