sábado 25 de abril de 2009

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Entramos en el hotel. Me encantaron sus escaleras de mármol y sus lustrosos abalorios. Subimos a nuestras habitaciones, para nuestra sorpresa la nuestra era una suite, con una habitación con dos enorme camas, con su televisión de última generación y unos sofás preciosos del siglo XVIII. Con cocina y baño.
-¡qué barbaridad!, no sabía que habíamos pagado…esto- dije, intentando articular palabra.
-¡Vaya! Esto está mejor que mi casa- dijo Claudia riéndose- Vamos Audrey, disfrutemos de este placer que nos ha otorgado la universidad- dijo acomodándose en a pierna suelta en los bonitos sofás tapizados.
Me reí, me pregunté si eso había sido un fallo del hotel, o todos teníamos ese tipo de habitaciones y que realmente habían salido baratas por ir en grupo. Salí al largo pasillo, iluminado con unas bonitas lámparas. Todo el pasillo tenía una larga alfombra de flores.
No había nadie conocido en ese piso, así que bajé las escaleras. Me encontré con una profesora, me saludó y sin que se diera cuenta miré su habitación…y en mi fuero interno las preguntas y alegría revolotearon. Esto debe ser un fallo del hotel, pensé. Subí corriendo a mi suite. Y abrí de un portazo la puerta.
-Claudia, ¡no te lo vas a creer!-dije riéndome.
-¿Creer que estamos en un palacio?-dijo cogiendo una copa con lo que podría ser champán que habría cogido del mini-bar, me entregó la copa y brindamos.
-Tía, no sé lo pienso decir a nadie, nos a tocado el premio gordo-dije.
Me asomé a la ventana y no pude creer lo que veía, era el mismísimo Big Ben, del puro gótico inglés(o eso creo). Estaba que no cabía en mí. Menuda paranoia. Debía ser un sueño o las mejores vacaciones de nuestra vida. Pero era el comienzo de lo que sin duda iba a ser la experiencia más gratificante de toda mi vida, o al menos en esos momentos así lo creía.
Dormimos como ángeles en aquellas camas, eran de matrimonio, con unas sabanas, de una seda que daba gusto tocarlas. En medio de la noche nos empezamos a reír como dos pilluelos que acababan de hacer una de las suyas.
A la mañana siguiente fuimos a desayunar, más tarde cogimos nuestros abrigos y salimos a la concurrida calle. Hacía un tiempo de perros, la luz cegaba los ojos a pesar de las nubes. Por ese motivo me puse mis gafas de sol. Para mi desgracia, se me olvidó el paraguas en el hotel. Le dije a Claudia que siguiera con la ruta, que tenía que hacer unas compras.
Cuando estuve sola, me dirigí por el puente a un mercado, había mucha gente allí. La lluvia me mojaba el pelo. Me empecé a agobiar de sobremanera. Pero seguí mi camino, debía haber algún sitio donde comprar algo para refugiarme.
Esperé en el semáforo, impaciente de que se pusiera verde. En ese mismo momento un coche negro antiguo pasó a mi lado, con la mala suerte de que me empapó entera de la suciedad de un charco que inoportunamente se encontraba allí. Me quedé con la boca abierta de lo increíble que me parecía aquello, me sentí totalmente estúpida. Me agaché para intentar limpiar mis botas…”mierda mi vestido nuevo, genial”. Observé frustrada lo ocurrido.
Una mano apareció del cielo, para que la tomase. Miré hacía arriba.

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